Nada es más reconfortante que recibir un saludo afectuoso, un trato agradable, una palabra gentil o un gesto cordial; sin embargo, frases como “buenos días”, “con permiso”, “siéntese usted” y otras expresiones de cortesía parecen haber desaparecido.
Aparentemente el estrés y la agitación cotidiana nos impiden tratar con respeto a nuestros semejantes, y los buenos modales y la educación parecen ser para algunos historia antigua.
Ellos han olvidado que ya no vivimos en una caverna sino un una sociedad civilizada y por ello debemos acatar ciertas normas de convivencia.
En el ómnibus, en una cafetería, en el cine, en la parada, en una cola y en casi todos los sitios donde los cubanos cohabitamos a diario, nos tropezamos con personas que nos maltratan física o verbalmente.
Ahora, algunos en lugar de hablar o conversar, gritan; en vez de escuchar, manotean y vociferan; si dos personas tropiezan ya no piden disculpas, sino se agreden; la basura ya no se echa en un cesto, la lanzan deliberadamente a cualquier parte.
También, muy temprano en la mañana, o ya pasada la medianoche, es habitual que un vecino nos obligue a escuchar la “música” de su preferencia, o que un grupo de muchachos, aún de fiesta, “amenice” las noches desde nuestro portal. Así, las calles se convierten progresivamente en un caos donde reina la indisciplina.
Si bien todos repudiamos tales actitudes, en la mayoría de los casos somos poco críticos, aparentamos ignorar lo que sucede en nuestro entorno, y en muchas ocasiones nos convertimos también en transgresores de las reglas de convivencia.
Nadie nota que a la mujer embarazada, o al discapacitado, no le han cedido un asiento en la guagua, no ven a la anciana avanzar cargada de bultos, no escuchan las groserías del dependiente, el joven, el chofer…, ni reparan en otra infinidad de comportamientos intolerables que minan los espacios públicos.
Las maneras vulgares, unidas a la pérdida de valores éticos y educativos, se tornan frecuentes en el país.
En el trato entre las personas, la vestimenta, el lenguaje y el vocabulario y las expresiones corporales, se vislumbran manifestaciones inadecuadas, y que se difunden entre los ciudadanos con asombrosa rapidez.
El fenómeno es alarmante y genera preocupación, pues no se concibe que en Cuba, donde tantos esfuerzos se realizan por la educación y la cultura, se adviertan demostraciones tan degradantes.
¿Quiénes son responsables de la proliferación de la vulgaridad y la descortesía? En primer orden la familia y la escuela.
Porque el hogar o plantel educacional donde padres, alumnos y algunos profesores se expresen mal y den ejemplo de una conducta de desobediencia y desorden, serán los escenarios ideales para la propagación de las maneras impropias.
Además, las instituciones, los medios de comunicación y otros sectores sociales tienen su parte en el asunto, al promover, de una forma u otra, hábitos y modelos de mal comportamiento.
No importa cuán “civilizados” seamos, ni cuántos avances científicos tengamos, si desechamos el sentido del diálogo, la delicadeza, la capacidad humana del discernimiento y la reflexión, y permitimos que se impongan las actitudes de indisciplina y mala educación, no seremos otra cosa que los nuevos hombres de las cavernas.










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