Él pretendía su amor, ella reclamaba que debía ser creativo para aceptarlo. Él le regaló un beso, ella dijo que no bastaba. Entonces le regaló una carreta cargada de flores.
Hubo lágrimas por la noche, creyeron que el amor había acabado, que faltaba comunicación, que la magia había sucumbido ante el paso de los años, pero al amanecer todo cambió cuando abrió la puerta y encontró el regalo.
Surelis llegó pensativa a su trabajo. Nada la motivaba, no había forma de que una sonrisa aflorara a sus labios. Una discusión con su pareja y un malentendido con un colega la habían dejado con un disgusto tan grande que manifestó públicamente que “era preferible morirse”. Continuar leyendo