G-20: el concierto de los duros

La algarabía se intenta generalizar en torno a la finalizada Cumbre del G-20. De hecho, los eternos jugadores de las bolsas, los mismos que en gran medida impulsaron la crisis global actual, volvieron a accionar rápidamente la ruleta.
Al influjo de los cánticos procedentes de Londres, el petróleo y otras muchas materias primas se vieron disparadas momentáneamente y de forma totalmente artificial, luego del prolongado ciclo recesivo que nadie considera cerrado ni mucho menos.
De hecho, la Agencia Internacional de Energía explicó al final de la cumbre del G-20 que, en el caso del crudo, los pronósticos relativos al consumo internacional siguen siendo bajistas, toda vez que las malas noticias sobre la recesión global van en aumento a pesar de lo acordado a orillas del Támesis.
¿Qué sucedió? Los grandes señores de la economía mundial decidieron inyectar más de un billón de dólares al alicaído sistema capitalista en busca de reanimarlo; dejar caer algo en manos del Tercer Mundo, para que luego no los tilden de egoístas. Privilegiar, eso sí, al Fondo Monetario Internacional como el organismo facultado para manejar la mayoría de los fondos y torcer los dedos de algunos díscolos paraísos fiscales donde se acciona sin cortapisas ni límite alguno.
De esa manera se compuso la declaración final que, a todas luces, venía ya bien adobada, y en la cual, de alguna manera las afloradas contradicciones entre los Estados Unidos y Gran Bretaña, por una parte, y Francia y Alemania, por la otra, parecieron quedar bajo tierra.
Tanto es así, que el presidente galo Nicolás Sarkozy, quien evidentemente busca protagonismo global desde el notorio ocaso de George W. Bush y el cambio de gobierno en Estados Unidos, dijo sentirse satisfecho y apuntó como logro lo que llamó el final del estilo anglosajón de capitalismo carente de regulación, por el modelo donde las libertades (decimos nosotros) “no sean tan libres” como para explotar en crisis virulenta.
De tal manera el G-20, al final, no se salió de los marcos previstos por analistas: el simple reacomodo interno que intenta brindar cierta imagen de estabilidad y orden, y cifras billonarias para que los malos hagan como que se portan bien en lo adelante sin dejar de tener los bolsillos llenos.
También la promesa de una contribución de 100 mil millones de dólares que los “bancos de desarrollo” harán circular en el resto del orbe entre más de centenar y medio de naciones cargadas de miserias y carencias, las cuales deberán seguir creyendo y esperando  por el “milagro”.

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