Una historia para reflexionar

Segistierra era el príncipe heredero del país. Era hermoso, alto y apuesto y vivía su fugaz primavera en el palacio de su anciano padre. Su vida libertina y disipada se desarrollaba rodeado de sus amigos, cortesanos y parientes que vivían de su generosidad y estaban abocados a procurar que el príncipe no se aburriese y tuviera siempre actividades placenteras a su alcance.

En los inmensos jardines de palacio se desarrollaban toda clase de juegos, torneos, competiciones y eventos para cubrir con solvencia las horas del día.

Con todo, el tedio a veces aparecía tímido, acosando a los palaciegos con su atisbo de soledad y amenazando con hacerles pensar y reflexionar.

Tan pronto aparecía, era convenientemente expulsado, para que no pudiera contaminar aquellas mentes que se sentían en la obligación de estar perennemente el alegre actividad y divertimiento.

Un día apareció en palacio un anciano barbiblanco y barbiluengo que se ofreció a enseñarles diversiones nuevas para alegrar el transcurrir de las horas.

Aceptada la sugerencia con alborozo dadas las perspectivas de conocer algo nuevo, se dio al recién llegado mando y dinero para sus labores.

Liberto, el anciano, se puso manos a la obra, y en uno de los extremos de los jardines, construyó un laberinto. Les explicó que el juego consistía en ser capaces de encontrar la salida entre los pasillos del entramado construido con cipreses.

Durante muchos días estuvieron Segistierra y sus amigos jugando en la construcción . Los recovecos del recinto, permitían además más de un encuentro amoroso, y el príncipe, además, resaltaba sobre todos en su habilidad para encontrar el primero la salida. Las burlas y befas sobre los que daban vueltas y más vueltas y que incluso se asustaban y pedían a gritos ayuda, aumentaban el placer del juego.

El tiempo empezó a hacer aburrida la nueva actividad, y el príncipe se quejó de la monotonía de los cipreses y pidió a Liberto un nuevo proyecto. Este se puso manos a la obra y construyó un nuevo laberinto, el cual esta vez estaba formado por tupidos rosales, frondosas matas de margaritas, exuberantes geranios y multitud de flores que daban al recinto un colorido y unos aromas florales que henchían los pechos y espoloneaban los sentidos de los seres que se adentraban en el.

Pero ni siquiera las flores fueron capaces de vencer el paso del tiempo y las mentes de los cortesanos hasta se hartaban de la belleza y sus sentidos se saciaban pronto incluso de los mas excelsos aromas.

La tercera propuesta de Liberto fue un laberinto de hielo. De los más lejanos rincones al norte y al sur del reino, se trajeron enormes bloques de hielo que se fueron alineando para formar el nuevo entramado para los juegos de los jóvenes cachorros del reino. La novedad fue acogida con enorme alborozo. Permitía el hielo que todos sacaran del armario sus mejores abrigos de piel, que el clima benigno del país no aconsejaba. Se estrenaron hermosos armiños, pieles lustrosas de nutria, visones o leopardo, en una mezcla multicolor frente a los impávidos bloques de hielo que pasaban del blanco al azulado engañando a la vista y formando ilusiones ópticas.

Algunos accidentes por resbalones, y la incomodidad de los ropajes llevaron de nuevo a buscar el cambio.

El anciano sabio constructor de laberintos, estaba esta vez remiso a un nuevo proyecto. Decía que se habían agotado las propuestas festivas, solo quedaban las trascendentes y aducía que no veía a los participantes preparados para experiencias más profundas.

El príncipe no quiso escuchar las razones de Liberto y exigió a éste que se pusiera manos a la obra.

Esta vez, los trabajos duraron las de lo acostumbrado y todos estaban impacientes, sin atreverse a mirar por encima de los muros que ocultaban los trabajos del nuevo laberinto.

Cuando por fin pudieron estrenarlo, su sorpresa fue mayúscula cuando en la entrada, vieron que había unos escalones. Ilusionados por la novedad, fueron bajando y moviéndose en aquel laberinto cuyas bifurcaciones iban descendiendo cada vez más. De vez en cuando algún tramo subía tres peldaños, y nuevamente siete y ocho hacia abajo en busca de alguna salida.

El enorme recinto era circular, y estaba hecho de piedra. Altos muros marcaban las sendas y los jóvenes, poco a poco se fueron desperdigando en abanico de forma perimetral.

Hubo un momento en que se dieron cuenta que ya no veían la luz del sol, solo un pequeño orificio en lo alto, sobre el inmenso cono que formaba el recinto, daba un poco de claridad. Las paredes aparecían inclinadas y las nuevas aberturas se abrían en la roca en una sucesión de cuevas y túneles que se iban adentrando cada vez más en la tierra.

Algunos estaban ya asustados, pero el miedo a las burlas y el ridículo les hizo seguir adelante en busca de la salida. Pasaron todavía muchas horas subiendo y bajando escalones, adentrándose cada vez mas en la tierra, en busca de la sorpresa final en forma de cielo abierto y aire puro, pero los vericuetos eran cada vez más angostos.

Segistierra empezaba a enfurecerse, normalmente era el primero siempre en salir. Su sentido de la orientación, era innato en él, nunca perdía el norte, siempre sabia donde dirigirse en busca de una salida, pero esta vez, veía que se alejaba cada vez más del centro del laberinto intuía que cada vez se adentraba mas en la profundidades de la tierra. Al fin,después de muchas horas de intentarlo, tuvo que reconocer que tenía que empezar a desandar lo andado.

Sus compañeros hacia ya mucho tiempo que estaban retrocediendo, intentando escalar lo que tan alegremente había estado bajando. Poco a poco se fueron reagrupando y cansados y agotados llegaron de nuevo al sitio de donde habían salido.

El ultimo en aparecer por la puerta fue el príncipe, salía con la espada desenvainada y con la mirada furibunda buscando al constructor del laberinto.

Lo vio como siempre, sentado en uno de los bancos de piedra. Se dirigió hacia el blandiendo la espada dispuesto a matarlo, pero a medida que se iba acercando, notaba como su furor iba desapareciendo. El anciano le miraba con cara serena sin decir nada. Cuando estuvo a unos pocos pasos, bajo la espada, y se sentó a su lado.

Permanecieron unos minutos en silencio.

-¿Por qué me dijiste que este laberinto no era festivo sino trascendente?

El anciano le miró sin responderle.

-¿Es el laberinto una representación de la vida de una persona?

De nuevo no hubo respuesta.

-¿Se puede encontrar una salida al sol y a la luz mientras vas bajando escaleras hacia la oscuridad y las profundidades de la tierra?

Y el anciano Liberto, le miró con una gran sonrisa, se levantó, le dio un abrazo y se fue por el mismo camino por el que había llegado unos años antes.

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