Una hermosa historia de amor

El Cementerio Cristóbal Colón, en la capital cubana, atesora joyas arquitectónicas que guardan historias increíbles, como el amor entre Catalina Lasa, proveniente de una familia vasca, y Juan Pedro Baró, de ascendientes catalanes, ambos acaudaladas figuras de principios del siglo XX.

Los visitantes a la necrópolis se asombran ante la majestuosidad del panteón art deco, que edificado con mármol de Carrara hizo construir Baró para su amada. Aunque el tiempo ha hecho estragos a la edificación no ha borrado lo que se cuenta de esa gran pasión.

Igualmente, Baró había construido para su amada una casona elegante en la barriada capitalina de El Vedado, al gusto de Govantes y Cabarrocas, autores del Pabellón de Cuba en la Expo Iberoamericana de Sevilla.

El jardín fue diseñado por Forestier, responsable de magnificas obras, entre ellas el sevillano parque María Luisa.

Pero la señora Baró apenas disfrutó la casa tres años. Enfermó y su esposo la llevó a París, donde falleció en 1930, a los 55 años.

Juan Pedro ordenó embalsamarla y la trasladó en barco a La Habana. Durante siete años, hasta su propia muerte, visitó cada mañana el sepulcro de Catalina, en el Cementerio Cristóbal Colón.

El arquitecto y escritor Mario Coyula, en una novela sustentada en la pasión de Catalina y Juan Pedro, relata que la casa fue inaugurada en 1926, luego de un viaje de la pareja  por Europa y Nueva York.

La hermosa mujer había sido esposa de Pedro Estévez Abreu, a quien abandonó por  Baró, lo cual constituyó un escándalo y la pareja tuvo que salir por un tiempo de Cuba.

La fastuosa mansión, devenida actualmente Casa de la Amistad sirvió muy poco tiempo de nido de amor, ya que la aristócrata enfermó.

El amor de Catalina Lasa y Juan Pedro Baró provocó grandes rumores en su época. Años antes de su matrimonio él le regaló una rosa amarilla con tonos rosados creada especialmente para ella, fruto del cruce de una variedad húngara con otra cubana.

La deslumbrante criolla Catalina Lasa y el rico y donjuanesco Juan Pedro Baró cayeron rendidos uno en los brazos del otro un día de 1905 y siguieron unidos hasta el fin contra viento y marea.

Según un artículo del periodista Fernando García el alboroto estalló cuando una tía del entonces marido de Catalina, Pedro Estévez Abreu, hijo de la patriota y acaudalada dama villareña Marta Abreu, descubrió el amorío a través de un detective.

La seductora Catalina, ganadora de concursos de belleza, no tuvo reparos en aparecer en público con Juan Pedro. Una tarde de 1906, ambos fueron juntos a presenciar una función teatral.

Los aristócratas asistentes, en desaprobación por la conducta de la pareja abandonaron la sala y los dejaron solos, pero la orquesta siguió tocando. Al final de la función, Catalina premió el gesto lanzando todas sus joyas a los músicos.

Tras la comentada escena del teatro, los enamorados no tardaron en emprender un exilio pasional. Ella y Juan Pedro se pasearon por Europa y Nueva York.

En 1917, Lasa y Baró se entrevistaron en el Vaticano con el papa Benedicto XV y le solicitaron la anulación del matrimonio de ella. Algunos relatos atribuyen la dispensa a la conmoción que la historia de amor provocó en el Santo Padre.

Catalina y Juan Pedro regresaron a París para casarse por la Iglesia. Al año siguiente, las autoridades cubanas aprobaron el divorcio con una ley que tuvo a los matrimonios Lasa-Estévez y Baró-Varona como primeros beneficiarios.

Catalina y Juan Pedro se reincorporaron poco a poco a la sociedad habanera. Empezaron con viajes cortos, y en 1926 retornaron definitivamente.

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