EN PRIMERA PERSONA: El lazo que perdura

Me pregunto a quién van dirigidas estas primeras frases, estas palabras de añoranza y mordida que intenta desgarrar la propia carne, con una cura más brutal que el dolor mismo. “No existe el lazo ya; todo está roto”, y pienso en la ruptura, pero siento reticencia ante lo inexistente. Bendito sea el cielo, nos dice esta mujer que dentro de su desesperación encuentra fuerzas para confiarse a la providencia, a un destino mayor al que se entrega, al que apela en medio de su amarga situación… Bebe, de un “cáliz” que agota con cierto placer.

¿No existe lazo ya, o es que acaso el “alma reposa” en el plácido perdón sincero y acorde con el cielo antes invocado, en el deseo físico nulo, en el regazo del mundo interior y pasado?

La negación del amor admitido, ese “Te amé, no te amo ya”, hace que me anticipe a la continuación del verso, donde flaquea levemente en un “piénsolo, al menos”. La no recuperación constituye el destino de esta dama que sufre y se sumerge en la tristeza con el fin de liberarse, con el fuerte convencimiento de vencer a su amor a golpe de pensamiento.

“¡Nunca, si fuere error, la verdad mire!”, nunca permita el destino que sus ojos y su mente se nublen a tal punto de perder la perspectiva, de amar sin ser consciente de ello, de darle vida a un sentimiento que osa existir independientemente de su conciencia. Alza su voz, o la baja porque así, en un murmullo siseante pero firme, brotan las palabras inspiradas por los pedidos viscerales e incontrolables, imprescindibles al alma: que el olvido se trague todo, porque todo lo que ella quiere ver, para darse fuerzas, se ha manchado de ese sabor desagradable que lo cubre todo y la ahoga. Que “el corazón respire”, por favor.

Pero el sentimiento pugna y no se rinde, se rebela y excita el ánimo que habla por boca y por letra, parado sobre los restos del espíritu que aún ama y no entiende la destrucción, que se convierte en persistente ceniza del fuego perdido. El orgullo “Lo has destrozado sin piedad”, dice y se puede tocar la humillación que avanza hacia los ojos que leen y también sufren los pisotones que repite “una vez y otra vez” el “insano”. La promesa del silencio hace que sucumba a un juramento de secreto, de invalidez ante las ofensas que ya no tienen dueño, más que en la memoria. No habrá murmullo que se exhale para acusar “el proceder tirano”. El dominio en contra de la voluntad es lo que más duele, la ausencia del control sobre el propio ser, cuyo propio amor ha dejado de existir, casi.

Ascenso de la imagen, culpa triste, “vengador terrible” de errores contra lo celeste que cobran un alto precio, quizás más alto que bajas las faltas. Interrogante, “¿lo ignoras?”, sorpresa ante el desconocimiento que tan cristalino le resulta en este punto. ¿O acaso no le pertenecía a Él, el poder?, tan palpable que lo he adivinado desde antes, sin necesidad de mencionarlo, sin saber que sus “fuerzas vencedoras” se han visto y se ven postradas en su presencia, ese poder que no sé si pertenece al hombre perdido o al amor que ha quedado en su lugar.

“Quísolo Dios y fue”; ¿por qué “¡Gloria a su nombre!”? ¿Qué tan cierta resulta tamaña reivindicación entre tanto llanto contenido, entre la ira que se desdobla en un “todo se terminó”? Es por ello, por lo débil e intenso de esta paz mínima que el “¡Ángel de las venganzas!” no nos toma por sorpresa y sí nos complace en medio de la rebelación de esta mujer que tira del tobillo elevado del ídolo y lo reduce hasta su altura, lo hace hombre, simplemente, no entidad de “amor ni miedo” inmaterial e inasible. Nada se siente igual en la contemplación devenida mirada material.

“Cayó tu cetro”, no hay que decir más, “se embotó tu espada” y el orgullo se revitaliza, humanizando todavía más la imagen perdida, bajándola hasta de los tronos terrenales, invalidándola como inválido estuvo su amor propio ante el crecimiento desmedido del ser, amado entonces. Sin embargo, resulta triste la libertad que estrena, el vacío dejado por un “mundo” que ella hizo con Él, un mundo que se hunde en la “honda y vasta soledad” en la que se ve reflejada.

“¡Vive dichoso tú!”, se despide después de haber atravesado su propio camino árido, su peregrinaje de purificación que ha tocado fondo y ahora se levanta para, en caso de ser visto alguna vez, ofrecer “generoso”, real “perdón” y “cariño”, diría yo sereno y ella “tierno”.


A…

No existe lazo ya; todo está roto;
plúgole al cielo así; ¡Bendito sea!
Amargo cáliz con placer agoto:
mi alma reposa al fin: nada desea.

Te amé, no te amo ya: piénsolo al menos:
¡Nunca si fuere error la verdad mire!
¡Que tantos años de amargura llenos
trague el olvido, el corazón respire!

Lo has destrozado sin piedad: mi orgullo
una vez y otra vez pisaste insano;
mas nunca el labio exhalará un murmullo
para acusar tu proceder tirano.

De grandes faltas vengador terrible
dócil llenaste tu misión, ¿lo ignoras?
No era tuyo el poder que irresistible
postró ante tí mis fuerzas vencedoras.

Quísolo Dios y fue: gloria a su nombre;
Todo se terminó: recobro aliento;
¡Ángel de las venganzas! Ya eres hombre.
Ni amor ni miedo al contemplarte siento.

Cayó tu cetro, se embotó tu espada…
Mas ¡ay! ¡Cuan triste libertad respiro!
Hice un mundo de ti que hoy se anonada,
Y en honda y vasta soledad me miro.

¡Vive dichoso tú! Si en algún día
ves este adiós que te dirijo eterno,
sabe que aun tienes en el alma mía
generoso perdón, cariño tierno.

Gertrudis Gómez de Avellaneda

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s