Día de los padres. Felicidades

Hay días que me siento niña, no importa cuantas décadas ya haya vivido, y en esos  momentos  la imagen de mi padre se fija en mis recuerdos como si el tiempo no pasara.

Lo llevo en mi mente con esa sabiduría sui géneris que tanto me cautivaba de pequeña. A pesar de los años se mantiene viva su imagen cuando me dejaba sentarme en el brazo de su sillón e inventaba cuentos increíbles, nada de los tres cerditos, ni de Cenicienta o Blancanieves, pues nunca tuvo a su alcance los libros de cuentos de Andersen, pero como por arte de magia creaba otros  en los que el perrito y el monito se ayudaban mutuamente, o la princesa Brudur Badul Budur sorteaba todas las dificultades para estar junto al plebeyo que amaba.

Las noches, después del horario de la comida, eran todo un jolgorio, quedaba horas hablando de los piratas, de los tesoros escondidos y de las almas  en pena que en las zonas montañosas asustaban a la gente.

En los nudos de la madera de la casa hacíamos dibujos con lápices de colores, aunque mi mamá se molestaba ante aquellas diminutas obras de arte que según ella afeaban las paredes pero que a nosotros nos parecían auténticas creaciones.

A su lado aprendí a leer, pues aunque era un “viejo resabioso”,  tenía una paciencia a toda prueba mientras me enseñaba  los colores y las vocales. Imaginen que me concibió con 50 años, decía que fuí el último “chiripazo” pero en realidad fui el primero y único, y sus ansias de tener un varón lo llevaron a que desde pequeña me llevara a las peleas de gallos y que aprendiera a jugar pelota, chinatas (bolas), a subirme en las matas de mango y a no temerle a los animales.

Tuve una educación diferente, pues aunque era hembra a él jamás se le  ocurrió decirme que no podía jugar con los varones, o que no podía irme de excursión por el río seco. Jamás se alarmó porque quisiera un camión el día de los reyes en vez de una muñeca, y cuando crecí era muy cómodo hablarle de enamorados y hasta convencerlo para que intercediera ante mi mamá para que me dejara salir.

Era espontáneo pero recatado, nunca dejó que lo viera desnudo mientras se bañaba y tenía en ocasiones un mal genio que lo hacía no retroceder cuando tomaba una decisión.

Fiel amante de las décimas que cultivaba sin saber la perfección que había en casa sílaba métrica.De él aprendí a comer con todos los cubiertos, a cultivar la tierra, a no temer a la soledad, a ser independiente…

Cuando enfermó, no podía creer que la leucemia se hubiera apoderado de su cuerpo y fue una etapa triste pero colmada de lecciones de amor. No nos separamos ni un instante hasta que sus ojos se apagaron, y aun así todavía me acompaña.

Veo en los ojos de mi hija el azul que hubiera querido que heredara de su abuelo, y a ella, que casi no lo recuerda, le hablo de su frágil grandesa, de sus manías, sus consejos entre los que recuerdo, hundir mis manos en la tierra para que las uñas se endurecieran.

Siempre adoré firmar con su apellido “Perdigón” y eso me parecía muy artístico y hasta el mejor título nobiliario, a pesar de que mi mamá se disgustaba cuando ignoraba el “Gutiérrez”.

Hoy veo cuan alejados están muchos  padres de sus hijos, las barreras que frenan la comunicación entre ellos, y me enorgullece saber que puede que haya otros divinos,  pero el mío, era el mejor. Tal es así que aún cuando me siento triste, cuando las  cosas no salen bien, lo busco en mi recuerdo  y me veo sentada en el brazo de su sillón, y le hablo y me responde, y soy de nuevo pequeña y renazco y crezco y vuelvo a vivir con más fuerza porque a pesar de la distancia lo tengo a él.

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