Memorias de un tiempo que ya pasó

Justa tiene 84 años, y aunque le falla la vista y le tiemblan a veces las manos está haciendo una muñeca de trapo para su nieta. De cada retazo salen recuerdos, esos que por la noche todavía la desvelan.

Sus canas son más locuaces que las palabras, por eso no habla mucho, pero tras cada puntada renacen los juegos de cuando era una niña, y rememora aquella etapa donde tener un juguete era solo un sueño. Entonces la mirada de la abuela atraviesa horizontes y la voz parece un susurro.

Según cuenta, cuando tenía ocho años, no era muy alta pero sí robusta, y con unos ojitos centelleantes ante lo desconocido.

El camino hasta la escuela era muy largo y a cada rato se detenía para desprender las piedras que se clavaban en sus pies, pero si veía venir a las hijas del dueño de la finca en el carro de caballos se erguía como una palma.

Por nada del mundo aceptaba humillaciones, por eso, una mañana, la risita de Luisa terminó en una mueca, cuando tras recibir un piñazo cayó en un charco del camino. La causa: la baina del blumer de tela que le había hecho su mamá se le safó, y ante la mirada burlesca de las demás niñas, solo se detuvo en sus rodillas.

Los momentos más tristes eran cuando no podía reprimir los deseos de cargar la muñeca de Julia- que era grande y con pelos de verdad- y un día decidida puso su mejor sonrisa y le dijo: “Mira, si me dejas dormir un poquito tu muñeca te regalo un cartucho lleno de marañones grandotes”, y con el corazón palpitante escuchó la tajante respuesta:“A mí no me gusta eso, además me la vas a ensuciar”.

Año tras año tuvo que soportar los desaires de aquellas niñas, y aunque aprendió a mirarlas con indiferencia nunca olvidó aquel incidente o la ironía cuando, en la merienda, sacaba dos boniatos asados en el horno del vecino.

Más de una vez acompañó a su padrastro para ayudarle a ordeñar las vacas, pero como sus manos aún eran pequeñas para esa tarea, decidió fregar las cantinas de aluminio en las que se transportaba la leche.

Había que dar mucho brillo para juntar un peso, pero cuando lo lograba, corría hasta donde estaba la maestra, que venía todos los días de Pinar del Río, y al entregarle su tesoro le decía:“Por favor, cómpreme en el pueblo una telita bonita, o lo que usted pueda”.

Fue memorable cuando reunió dos pesos, la maestra le trajo un par de zapatos y ella los encontró tan lindos, que cuando daba un paseito les limpiaba la suela y los volvía a guardar en la caja.

Por todas estas razones cuando Justa tuvo una hija siempre le compraba una muñeca el día de los reyes, aunque a su retoño no le interesaban y las guardaba en un nylon. No importaba, ellas estaban ahí, con sus pelos rojos, rubios o cenizos, como memorias de un tiempo que ya pasó.

Años después, aunque su nieta tenía muchos juguetes decidió enseñarla a hacer muñecas de trapo, de esa forma historias como la suya no quedaban en el olvido.

 

La abuela hace la muñeca de trapo para no olvidar las duras etapas que pasó.
La abuela hace la muñeca de trapo para no olvidar las duras etapas que pasó.

 

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3 thoughts on “Memorias de un tiempo que ya pasó

  1. yo conoci a Justa tu mama todos los dias salia de Forteza y muchas veces me acompanaba hasta la casa de Luis Piloto yo era pequeno y habia que ayudar a mi padre en la vega ella una gran madre una exelente madre…el tiempo pasa Maria Isabel pero nos deja los grandes ejemplos de las grandes personas……te quiero mucho ..Ramonc

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