Béisbol cubano: de frustraciones y certezas (+ Video)


Qué triste la derrota del beisbol cubano. Después de haberlo ganado todo, llevamos años sin ganar casi nada. Acabamos de perder con Holanda la final de la Copa del Mundo, y ya quedan pocas cosas a las que aferrarse. El silencio es una. Pero el silencio no es opción.

Algo pasa. Admitirlo de una vez, sería lo mejor y lo atinado. Creímos, por un momento, que Urquiola nos iba a salvar. Que el viejo director de Winnipeg lograría con el Cuba lo que logró con Pinar del Río. Llegamos a pensar, ingenuamente, que el problema era de directores o estrategias y vestimos a Alfonso de héroe y nos dijimos -cada uno a su manera, por supuesto- que ahora sí, que al fin ganaríamos un campeonato, de ser posible invictos, y que con ese mismo impulso y esa misma casta seguiríamos hasta el Clásico Mundial.

Pero nada de esto pasó. Jugamos sin convencer. Y perdimos. No con Estados Unidos ni con Japón -¡fíjense, no con Estados Unidos ni con Japón!-, sino con Holanda. Y si hubiéramos ganado, habría sido lo mismo, solo que disfrazado por los cantos de sirena, o por las grandilocuentes crónicas del éxito. Que nunca faltan, para pesar de la pelota y el país. Es probable, incluso, que sigamos justificando las debacles con argumentos secundarios, y que, astutamente, nos sigamos yendo por las ramas.

El problema no es que nos pongan delante un pitcher lento, o una hidra de diez cabezas, o el mismísimo espectro de Tom Seaver. El problema, más allá de errores -muchos errores- y de evidentes inconsistencias, no es de la dirección técnica, ni tampoco, para colmo de lo extraordinario, de nuestros jugadores.

O sea, estos son problemas, pero no la cuestión. La cuestión es el beisbol cubano en su conjunto, o el deporte cubano en su conjunto, y el conflicto principal es de fondo, de monumentales inmovilismos ante la más dura y cambiante realidad.

A grandes trancos, nos alejamos de las élites, y nada nos indica que, ahora mismo, se ande en busca de una solución.

Repasemos, solo fácticamente, un año como el 2011. Dos campeones mundiales de boxeo. Ninguno de lucha. Ninguno de judo. Ninguno de atletismo. Un estoico equipo de voleibol masculino que en la Liga Mundial, tras sonadas ausencias, fue bajado de golpe a la tierra. Un equipo de voleibol femenino (yo todavía sueño con Sidney 00´) que pierde con Argentina y con Sudcorea. Un equipo de básquet que ya es el quinto de América. Hablo del femenino, por supuesto. El equipo masculino de básquet hace rato no existe, y de Múnich 72´ casi nadie se acuerda.

El boxeo, la lucha, el judo, el atletismo y el voleibol son, un poco más un poco menos, nuestros deportes y nuestro espectáculo. Y nunca, al menos en los últimos cuarenta años, han estado tan mal. No sé, ciertamente, con qué pensamos invadir Londres. Digo, si lo pensamos invadir.

Yo creo, después de mucho sopesarlo, que lo endógeno nos está matando. Que la ineficacia nos está matando. Y creo, además, que el país se está moviendo, que ya empezó a moverse, pero el deporte no. El deporte aún está quieto, y no se sabe por cuánto tiempo lo estará.

Peloteros hay. Que es decir: talento hay. No me parece que, a priori, Yuliesky Gourriel o Yadier Pedroso sean menos talentosos que lo que fueron Víctor Mesa o Norge Luis Vera. Me parece, estoy casi convencido de ello, que desde Omar Linares no ha habido en Cuba un pelotero con tanto potencial como Yuliesky Gourriel. Pero Linares lo explotó, y Gourriel no lo ha hecho. La gente le exige tanto al espirituano porque nos queda la impresión de que siempre puede dar más, de que, quién sabe por qué razones, no acaba de estallar, ni de desplegarse a plenitud.

Pero la afición, injustamente, también la emprende con la persona que es Yuliesky por algo más. Algo que intuye, pero que no logra definir. ¿Cuál ha sido o cuál sería la imagen del deporte cubano de estos últimos años? ¿Quién sintetiza la inconsistencia y lo inexplicable de la pelota cubana de los últimos eventos? No es Cepeda. No es Pestano. No es, ni siquiera, el polémico Rudy Reyes, o el gratuito Norberto González. Es Yuliesky Gourriel, ni más ni menos. Un pelotero que pudo y que todavía puede ser mucho, pero que probablemente, a pesar de los números, será uno más.

Yuliesky simboliza lo que hemos devenido de Atenas 04´ hasta hoy. Tras el espectacular jonrón contra Panamá, en el Clásico del 2006, el hijo de Lourdes se apagó. Inexplicablemente. Y no se ha vuelto a encender. Lo mismo que el deporte cubano.

La prensa le hizo daño a Yuliesky porque lo sobredimensionó. Es verdad. La prensa le sigue haciendo daño al deporte cubano porque constantemente lo enaltece. Como un templo. Pero esa no es la causa principal.

Hay toda una acumulación de talento que se ha vuelto intraducible en resultados. Las estructuras fallidas lo impiden. Las posturas de defensa lo impiden. Si no cómo se explica que aun cuando algunos peloteros decidan emigrar, el team Cuba siga siendo un elenco sobrado de aptitudes.

Debemos atacar al mundo, plantearle duelo, con todos los riesgos que eso implica. En algún lado debe estar la estrategia. Pero la estrategia no va a venir hacia nosotros. Carlos Acosta fue a Londres, y allí encontró al Royal Ballet. Los mejores peloteros cubanos -que son tan artistas como Carlos Acosta- ya no pueden ir a Londres, pero necesitan un sitio de su nivel.

Sobran equipos en la pelota cubana. Y faltan horizontes. Jugamos una liga de 400 de average que no tiene validez en ningún lugar. Y, sin embargo, es posible que no estemos tan lejos de la verdad.

Entre el oro y la plata hay una diferencia. Mínima, pudiéramos decir. Pero diferencia al fin. Y es la distancia entre lo que somos y lo que a las claras podemos ser. O sea, lo difícil es la plata, no el oro. Solo nos falta un paso -el paso que hemos retrocedido-, y se torna inconcebible el trabajo que nos cuesta darlo.

Empezar a moverse, digo yo. Hacia adelante. No es mucho y es fácil. Porque la gloria es la distancia. Y ya sabemos la gloria dónde cabe. En un robo a segunda. O lo que vendría siendo lo mismo: en el equilibrio de un fuetté.

Artículo de Carlos Manuel Álvarez

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