“Barbera”, crónica premiada en Cienfuegos

Recientemente se realizó el  Concurso Nacional de Crónica en Cienfuegos y desde aquí quiero hacer llegar mi felicitación a todos los premiados, pero debo confesar que la alegría se me desborda con el lauro a Félix Témerez, el presidente de la UPEC en Pinar del Río, un buen amigo, excelente colega y como podrán ver un excelente cronista. Aquí les dejo con Barbera.

Barbera era muy querido por la gente en Minas de Matahambre
Barbera era muy querido por la gente en Minas de Matahambre

.Cómo dice usted Comandante? ¡Qué le mande dos jefes y cuarenta obreros! Bueno, yo creo que le podría mandar 40 jefes y dos obreros, aquí los obreros se acabaron, todo el mundo es jefe Comandante…”.

Y con la autoridad que emanaba de una decisión emitida por un gobernador, colgaba con fuerza el teléfono público y salía con paso firme hacia cualquier lugar, mientras la gente reía y lo miraba con ese amor que se siente por los locos que no lo son tanto, porque se ganan el cariño, ya sea por trabajadores incansables o por contentos que le alegran el corazón y la vida a los demás. Sobre todo en un pueblo tan pintoresco del que Barbera fue, increíblemente, un ídolo.

Alto, blanco, el plexo ancho y siempre descubierto por su camisa, se conformaba arriba con los hombros fuertes del trabajo eterno. Su rostro rosado, el pelo castaño y apenas rizo, el bigote doblado ligeramente hacia el cielo en las puntas y los ojos azules cobijados bajo un sombrero, lo distinguían entre la muchedumbre trigueña de Minas de Matahambre.

No he conocido a alguien que acaparara tanto la atención de la gente común en un parque, frente al cine, en cualquier calle durante una fiesta popular o sin fiesta. Nadie nunca tuvo a tantas personas embelesadas con sus cuentos como Barbera.

Dicen, y todo parece indicar su certeza, que el dueño del cine de Minas de Matahambre antes del triunfo de la Revolución, Luis Mayor, lo tuvo que dejar entrar gratis cada vez que quiso porque el “chiflado”, que repito, no lo fue tanto, era más elocuente que las mismas películas y muchos preferían escucharlo. Su competencia era demasiado fuerte.

“Yo me dedicaba a comprar santos de yeso en La Habana y los traía para venderlos aquí en Minas. Tenía que dormir descansando un ojo; el otro debía estar de guardia”, y hacía un guiño, mientras alzando la mano y moviéndola en el aire, continuaba, “porque allí la gente ¡son espadas!”, y dándose un manotazo en la nuca, soltaba un amenazante salivazo.

Las palabras no podrían jamás acaparar la dramaturgia, el histrionismo natural de aquel célebre lunático de la geografía minera. Ponía música a sus actos, caminaba, corría, gesticulaba, cantaba. Cuanto tumulto gozoso hubiese en el poblado cabecera, allí estaba Barbera.

Sus anécdotas a veces iban en contra de la lógica. No se podía esperar otra cosa. Por eso creo también que fue tan genial.

“Recuerdo que venía subiendo la Loma del Viento”, decía con grave acento, mientras señalaba con el índice hacia aquella cima visible desde cualquier punto del pueblo, “y en el mismo medio, la ´maricona´ aquella (se refería a unas guaguas antiguas que se montaban por detrás, Zil soviético, si mal no recuerdo) empezó a cancanear y a patinar y pa´ tras y pa´ tras. Yo miraba mis cajas de santo y me dije: ´Lo perdí todo´. Hasta que la guagua se desprendió loma abajo, la gente a tirarse, mis cajas de santos por los aires, en fin… el destrozo.

“Cuando la guagua chocó y se paró contra un montón de piedras abajo, fue que me tiré a buscar mi mercancía. San Gerónimo, hecho tierra, San Pedro, ni hablar, Santa Bárbara sin remedio…el único que me encuentro con sus perritos y to´ fue al viejo Lázaro. Lo cogí (y ahí mismo crea un suspenso. Se demora y de pronto continúa) y le di un restrallón contra la carretera que sacó humo de la piedra y jamás, jamás, compré santos en La Habana, ni en ninguna parte carajo”.

Su mente, a veces pienso que calenturienta, le imprimía una vitalidad fenomenal a todo lo que hacía. Caminaba rápido, a pasos largos y seguros. El pecho como siempre al aire. La gente se “metía” con él, lo sonsacaba para que se detuviera y comenzara la fiesta. No siempre lo hacía. En ocasiones ni los miraba, continuaba porque tenía trabajos que hacer.

“Aquí Barbera, alias Pantaleón, campeón olímpico en limpia de solares: le limpiará el solar por… unos pesos”.

Así pregonaba, mientras llevaba a cuesta el rastrillo y la guataca y en la cintura un machete. No había trabajo que hiciera que no fuera al detalle. Dejaba los patios como un crisol y se ganaba la vida. También hacía mandados, cargaba cosas. En fin, no dejó de trabajar un solo día de su vida, como tampoco cesó de divertir a los demás con sus cuentos y sentencias.

Dicen que una señora le contrató el servicio y después de terminado fue a cobrar sus honorarios, que no eran altos, pero ella le manifestó su inconformidad. Presto le contestó: Señora, yo solo le estoy cobrando mi trabajo, y ella le replicó: –´Pero mire Barbera…

Y no la dejó terminar. Salió a la calle y todo el residuo de yerbas y trastos que le había sacado del solar, todo, sin faltar una puntilla, se lo volvió a meter dentro de la propiedad y con la misma presteza recogió sus bártulos y salió campante como si no hubiese pasado nada.

También le gustaba narrar duelos de pistoleros famosos, escenas fílmicas y juegos de pelota. Todo pasaba por su memoria cinematográfica como bólidos de candela que explotaban sus deseos. Las cruzadas beisboleras siempre eran entre Estados Unidos y Cuba.

En una ocasión Joseíto Valdés, el entonces primer secretario del Partido en Minas de Matahambre, hombre campechano y popular, salió de su oficina y se encontró a Barbera en medio de la muchedumbre palpitante, narrando el famoso juego de pelota que ya iba por el tercer inning y como siempre, ganando Estados Unidos. Joseíto lo sondeó jocosamente:

“Barbera, cada vez que te oigo narrar estos juegos, siempre gana Estados Unidos. Fíjate, voy a pelarme en un momento, cuando regrese, hace falta que sea Cuba la que esté ganando, de lo contrario te voy a tener que mandar a coger preso”.

Y efectivamente, a los 15 minutos que demoró en regresar de la barbería ya el personaje de marras estaba comentando el final del juego. Miró de reojo al dirigente que estaba ahí mismo y…

“Noveno inning, dos outs en la pizarra. Rolin por segunda, recoge con elegancia Urquiola, el tiro a primera y out. ¡¡¡Cuba campeón mundial!!!, gritó en grande, mientras a Joseíto no le quedó más remedio que estallar en risa junto al resto, porque Barbera fue el verdadero recordista de la alegría.

Lástima que terminara como no debió. Después de unas pruebas médicas, su imaginación siempre agitada, lo hizo pensar que no había remedio. Una madrugada se escapó del hospital donde lo atendían con todo el amor que mereció y terminó colgado en una cuerda.

Para colmo se comprobó en todas las pruebas médicas, que estaba sano de pies a cabeza. El pueblo lo sintió como a un familiar único. Tanto, que le recuerdan con una modesta pintura mural en el pequeño parque de la iglesia en Minas de Matahambre, donde todavía agita los brazos y le susurra a los transeúntes para engancharlos a sus elocuentes actos.

Pero ya nadie le responde, ni lo sonsaca. Solo la alta campana de la iglesia lo alivia en su soledad, cada vez que repica por los santos que él no pudo salvar.

barbera

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