El recuerdo de mi maestra

Esta historia llegó a mis manos, la leí y me encantó. La comparto con ustedes y de esta forma también quiero rendir homenaje a los maestros de Cuba y el mundo.

EDUCACION_Maestra en pizarron+pizarron+tiza+clases+colegio+enseñandoHabía una vez una escuela en medio de las montañas, por allá por el norte de los Palacios. Los chicos que iban a aquel lugar a estudiar, llegaban a caballo, en burro, en mula y en patas.

Como suele suceder en estas escuelitas perdidas, el lugar tenía una sola maestra- una solita, que amasaba el pan, trabajaba una finquita, hacía sonar la campana y también hacía la limpieza.

Me olvidaba: la maestra de aquella escuela se llamaba Victoria Ramos. Era una mulata más linda que Luna llena. Y me olvidaba de otra cosa: Victoria Ramos ordeñaba cuatro chivas, y encima era una maestra llena de inventos, cuentos y expediciones. (Como ven, hay maestras y maestras).

Esta del cuento, vivía en la escuela. Al final de la hilera de bancos, tenía un catre y una cocinita. Allí vivía, cantaba con la guitarra, y allí sabía golpear el tambor.

Y ahora viene la parte de los chicos. Los chicos no se perdían un solo día de clase. Principalmente, porque la señorita Victoria tenía tiempo para ellos. Además, sabía hacer mimos, y de vez en cuando jugaba a la pelota con ellos. En último lugar estaba el dulce de leche de chiva, que Victoria servía cada mañana en la merienda.

La cuestión es que un día Apolinario Sosa volvió al rancho y dijo a sus padres:

– ¡Miren, miren…! ¡Miren lo que me ha puesto la maestra en el cuaderno!

 El padre y la madre miraron, y vieron unas letras coloradas. Como no sabían leer, pidieron al hijo que les dijera- entonces Apolinario leyó:

– “Señores padres: les informo que su hijo Apolinario es el mejor alumno”.

Los padres de Apolinario abrazaron al hijo, porque si la maestra había escrito aquello, ellos se sentían bendecidos por Dios.

Sin embargo, al día siguiente, otra chica llevó a su casa algo parecido. Esta chica se llamaba Juanita Pérez, y voló con su mula al rancho para mostrar lo que había escrito la maestra:

– “Señores padres: les informo que su hija Juanita es la mejor alumna”.

Y acá no iba a terminar la cosa. Al otro día Melchorcito Hernández llegó a su rancho chillando como loco de alegría:

– ¡Mire mamita,…! ¡Mire, Tata…! La maestra me ha puesto una felicitación de color colorado, acá. Vean: “Señores padres: les informo que su hijo Melchor es el mejor alumno”. Así a los cincuenta y seis alumnos de la escuela llevaron a sus ranchos una nota que aseguraba: “Su hijo es el mejor alumno”.

Y así hubiera quedado todo, si el hijo del boticario no hubiera llevado su felicitación. Porque, les cuento: el boticario, don Pantaleón Díaz, apenas se enteró de que su hijo era el mejor alumno, dijo:

– Vamos a hacer una fiesta. ¡Mi hijo es el mejor de toda la región! Sí. Hay que hacer un asado con baile. El hijo de Pantaleón Díaz ha honrado a su padre, y por eso lo voy a celebrar como Dios manda.

El boticario escribió una carta a la señorita Victoria. La carta decía:

-“Mi estimadísima, distinguidísima y hermosísima maestra: El sábado que viene voy a dar un asado en honor de mi hijo. Usted es la primera invitada. Le pido que avise a los demás alumnos, para que vengan al asado con sus padres. Muchas gracias. Beso sus pies, Pantaleón Díaz; boticario”.

Imagínese el revuelo que se armó. Ese día cada chico voló a su casa para avisar del convite. Y como sucede siempre entre la gente sencilla, nadie faltó a la fiesta. Bien sabe el pobre cuánto valor tiene reunirse, festejar, reírse un rato, cantar, saludarse, brindar y comer un asadito de cerdo.

Por eso, ese sábado todo el mundo bajó hasta la casa del boticario, que estaba de lo más adornada. Ya estaba el asador, los jugos de frutas naturales, varias fuentes con pastelitos, y tres mesas puestas una al lado de la otra.

Enseguida se armó la fiesta. Mientras la Victoria Ramos cantaba una tonada, los jugos iban de mano en mano, y la carne del cerdo se iba dorando.

Por fin, don Pantaleón, el boticario, dio unas palmadas y pidió silencio. Todos prestaron atención. Seguramente iba a comunicar una noticia importante, ya que el convite era un festejo. Don Pantaleón tomó un banquito, lo puso en medio del patio y se subió. Después hizo ejem, ejem, y sacando un papelito leyó el siguiente discurso:

– “Señoras, señores, vecinos, niños. ¡Queridos convidados! Los he reunido a comer el asado aquí presente, para festejar una noticia que me llena de orgullo. Mi hijo mi muchachito, acaba de ser nombrado por la maestra, doña Victoria Ramos, el mejor alumno. Así es. Nada más, ni nada menos…

El hijo del boticario se acercó al padre, y le dio un vaso con ron. Entonces el boticario levantó el vaso, y continuó:

– Por eso, señoras y señores, los invito a levantar el vaso y brindar por este hijo que ha honrado a su padre, a su apellido, y a su país. He dicho”.

Contra lo esperado, nadie levantó el vaso. Nadie aplaudió. Nadie dijo ni mu. Al revés. Padres y madres empezaron a mirarse unos a otros, bastante serios. El primero en protestar fue el papá de Apolinario Sosa:

– Yo no brindo nada. Acá el único mejor es mi chico, el Apolinario.

 Ahí nomás se adelantó colorado de rabia el padre de Juanita Pérez, para retrucar:

– ¡Qué están diciendo! Acá la única mejorcita de todos es la Juana, mi muchachita.

Pero ya empezaban los gritos de los demás, porque cada cual desmentía al otro diciendo que no, que el mejor alumno era su hijo. Y que se dejaran de andar diciendo mentiras. A punto de que Sixto García agarrara de las trenzas a Dominga Llanos, y todo se fuera para el lado del demonio, cuando pudo oírse la voz firme de la señorita Victoria Ramos.

– ¡Párense…! ¡Cuidado con lo que están por hacer…! ¡Esto es una fiesta!

La gente bajó las manos y se quedó quieta. Todos miraban fiero a la maestra. Por fin, uno dijo:

– Maestra: usted ha dicho mentira. Usted ha dicho a todos lo mismo.

Entonces sucedió algo notable. Victoria Ramos empezó a reírse loca de contenta. Por fin, dijo:

– Bueno. Ya veo que ni acá puedo dejar de enseñar. Escuchen bien, y abran las orejas. Pero abran también el corazón. Porque si no entienden, adiós fiesta. Yo seré la primera en marcharme.

Todos fueron tomando asiento. Entonces la señorita habló así:

– Yo no he mentido. He dicho verdad. Verdad que pocos ven, y por eso no creen. Voy a darles ejemplo de que digo verdad:

“Cuando digo que Melchor Rodríguez es el mejor no miento. Melchorcito no sabrá las tablas de multiplicar, pero es el mejor pícher de la escuela, cuando jugamos a la pelota…

 “Cuando digo que Juanita Pérez es la mejor no miento. Porque si bien anda floja en Historia, es la más cariñosa de todas…

 “Y cuando digo que Apolinario es mi mejor alumno tampoco miento. Y Dios es testigo que aunque es desprolijo, es el más dispuesto para ayudar en lo que sea…

 “Tampoco miento cuando digo que aquel es el mejor en matemáticas… pero me callo si no es servicial.

“Y aquél otro, es el más meticuloso. Pero me callo si le cuesta prestar algún útil a sus compañeros.

“Y aquélla otra es peleadora, pero escribe unas poesías preciosas.

“Y aquél, que es poco hábil jugando a la pelota, es mi mejor alumno en dibujo.

“Y aquélla es mi peor alumna en ortografía, ¡pero es la mejor de todos a la hora de trabajo manual!

“¿Debo seguir explicando? ¿Acaso no entendieron? Soy la maestra y debo construir el mundo con estos chicos. Pues entonces, ¿con qué levantaré la patria? ¿Con lo mejor o con lo peor?

Todos habían ido bajando la mirada. Los padres estaban más bien serios. Los hijos sonreían contentos.

Poco a poco cada cual fue buscando a su chico. Y lo miró con ojos nuevos. Porque siempre habían visto principalmente los defectos, y ahora empezaban a sospechar que cada defecto tiene una virtud que le hace contrapeso. Y que es cuestión de subrayar, estimular y premiar lo mejor. Porque con eso se construye mejor.

Cuenta mi mamá en la historia que el boticario rompió el largo silencio. Dijo:

– ¡A comer…! ¡La carne ya está a punto, y el festejo hay que multiplicarlo por cincuenta y seis…!

Comieron más felices que nunca. Brindaron. Jugaron… Y bailaron hasta las cuatro de la tarde.

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2 thoughts on “El recuerdo de mi maestra

  1. ¡Hermoso relato! Coincido en un 100 % con el espíritu del mismo, no hay otra forma que educar a las nuevas generaciones descubriendo y valorando lo mejor que cada uno de ellos tiene para darnos.

    Gracias, María Isabel.

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