Romeo

Romeo

Hay silencio en la casa y en cada sitio se nota tu presencia. Andamos como fantasmas tras tu recuerdo pues fueron cuatro años de mimos y ternuras. Recuerdo el día que Ady lo trajo a casa, blanco, pequeño, débil, ojos brillantes, mirada melancólica y con un lunar negro en la cabeza. En cuestión de instantes quedó decidido, se llamaría: Romeo, sería un rompecorazones,mezcla de chulo con cocker.

 

Los primeros días deambuló por toda la casa, se convirtió en la alegría de las niñas del barrio y el portal de la casa se llenó de una dulce algarabía mientras jugaban con él. Lucy, mi pequeña pequinesa lo acogió como al hijo que nunca tuvo, pero aunque al poco tiempo ya era más grande que ella nunca dejó de respetarla.

Romeo se libró dos veces de la muerte, una con la gastro y otra cuando salió corriendo hacia la carretera y un auto lo atropelló; de esa fecha solo quedó un chichón en su cabeza y las fotos de su primer cumpleaños, en el que los vecinos nos reunimos con las mascotas un 18 de febrero para festejar su primer aniversario.

Fue un perro dichoso, las niñas jugaban con él, lo sacaban a pasear, adoraba que le tiraran una pelota y saltar hasta cogerla en el aire. Se acomodaba frente al tv por las noches y cuando conversábamos en el cuarto, sigilosamente buscaba meterse en la conversación y llamar la atención.

Su sitio preferido era la escalera por donde veía pasar a la gente, si eran vecinos estaba silencioso, si era un desconocido, sus ladridos eran furiosos, y si por casualidad había un encuentro con Suqui o Yonqui, (dos perros del barrio) comenzaba el duelo eterno entre ellos.

Su mejor amigo fue Anthony, un vagabundo que llegó un día enamorado de Lucy y se quedó por un tiempo. Con él aprendió a cuidar la casa, a mantenerse atento ante lo desconocido y a no tener miedo. Su gran amor fue Canela, otra perrita sin dueño que se instaló en el barrio y cada tarde venía al portal a jugar con él y con quien compartía su comida.

Imposible ignorarlo, Romeo derrochaba amor. Para nosotras fue una dicha tenerlo, contar con su cariño, verlo retozar en el parque, reclamar un caramelo, asustar a la gente…

Fueron cuatro años de gozar con su presencia, hasta que una garrapata infectada y un mal dictamen del veterinario acabaron con su vida.

Canela sigue viniendo cada tarde, se acuesta un rato en el portal, come en su plato y a veces se queda a dormir en la escalera; mi hija y yo lo echamos mucho de menos, necesitamos a nuestro Romeo.

Romeo

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