Yo entre ciclones

Vista aérea de las inundaciones provocadas por las lluvias de los últimos días en territorio del occidente de Pinar del Río, el 6 de junio de 2013. AIN FOTO/Abel PADRÓN PADILLA/ogm

Soy pinareña 100%, eso quiere decir que estoy acostumbrada a los ciclones, a las inclemencias del tiempo, al azote de los vientos y a ese temblor interno que provoca la lluvia cuando viene acompañada de desastres y desolación. Hoy veo cómo mis colegas en la zona Oriental se preparan para recibir al huracán de gran intensidad Matthew, e inevitablemente vienen a mi mente las muchas ocasiones que aseguramos puertas y ventanas, techos y salíamos para las casas de los vecinos con una posición más privilegiada, con buenos techos y alejadas del río.

El primer ciclón que recuerdo claramente fue el Alberto, arrasó con San Juan y Martínez y los que en esa etapa estábamos estudiando becados  en el municipio de Sandino estuvimos como 15 días sin poder salir de pase porque los ríos crecidos y  los puentes rotos eran la única imagen en ese momento. El día que logramos salir en caravana en las guaguas y pasamos por la Meca del Tabaco era como si un cilindro inmenso hubiera pasado por ese lugar. Las calles llenas de colchones mojados, un aire de desolación que me provocó un llanto irrefrenable.

Cuando llegué a mi casa sonreí dichosa de ver a mis padres, quienes según me contaron aguantaron encima de la mesa del comedor la creciente del río, el viento que parecía se iba a llevar el techo de guano y la forma en que mi madre me dijo: Niña, hija, pudimos salvar todo lo de mayor interés pero se viró el librero tuyo y mira, se echaron a perder todos tus libros. En ese momento la abracé y le dije: “Tranquila mi vida, ya tendré otros, y te prometo que nunca más van a pasar solos un ciclón”.

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Y así fue por suerte, cada vez que se anunciaba un huracán, tormenta tropical o lo que fuera corría a mi guajiral, al lado de mis padres. Encima de bloques se ponían las camas, se subían los escaparates y los muebles amarrados con sogas colgaban del techo de la casa como si fueran murciélagos gigantes. De un año para otro dejábamos las cosas necesarias listas para estos embates que inesperados aparecían cuando menos se deseaban.

El río cercano a mi casa irónicamente se llama Río Seco, a él le ha dedicado hasta un libro mi amigo Peraza, aparece en décimas y en el imaginario popular. Unas veces se secaba y permitía caminar kilómetros y kilómetros viendo las matas de pomarrosas y de guayabas en las orillas, algún que otro charquito donde aún quedaban vivas unas truchas y ese olor a humedad que entraba por todos los sentidos. Otras, crecía a una velocidad increíble, y todo le veguerío parecía como el mar, sepultaba todos los sembrados arrastraba animales ahogados, árboles y hasta los espíritus que viven en el agua.

Yo tenía una forma de saber si el río iba a llegar a la casa en la noche. Con un palo ponía marcas y a cada hora iba con un mechón encendido a ver por dónde iba la creciente, si subía muy rápido había que  activarse y recoger todo.

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Andar con el agua a la cintura da su poquito de miedo, pero no me quedaba otra opción. Después que se aseguraba la casa, llevaba a mis viejos padres para la casa de algún vecino y cuando nació mi hija entre pañales y capas la ponía a buen resguardo. Qué maravilla la solidaridad de la gente del barrio. En la casa de la Gallega generalmente íbamos a parar todos. Y no faltaba el juego de dominó a la luz del kinké, la comida, los cuentos, la risa, y de nuevo el miedo, la furia del viento, el agua colándose por las ventanas… y otra vez la risa, los cuentos…

Cuando se calmaba todo corría rápido a mi casa, antes que el río bajara ya estaba allí fiscalizando todo, y lo peor era ver las cosas destruidas, el pedazo de techo que se llevó el viento, las matas de naranjas en el piso, algunos animales que no soportaron el vendabal, pero estábamos vivos todos en el barrio y entonces se veía bajar a la gente a sus hogares, a limpiar el fango que quedaba pegado a las pareces y el piso, a hacer una caldosa común con lo que quedaba y no se podía echar a perder por la falta de electricidad.

Historia hay miles, pero hoy me pregunto cómo se prepararán en los campos del Oriente del país para recibir a los ciclones, qué estarán haciendo hoy para que Matthew cause menos estragos y no provoque ninguna muerte.

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Una mujer regresa a su vivienda con el propósito de verificar los daños ocasionados por el huracán Ike el cual afecto al municipio Los Palacios en la occidental provincia de Pinar del Río, el 09 de Septiembre de 2008.AIN FOTO/Jorge Luis BAÑOS HERNANDEZ

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