El legado del maestro

maestro

La escuela quedaba a dos kilómetros de mi casa, cuando llovía el fango llegaba a los tobillos pero el maestro Roberto Benítez antes de entrar al aula nos lavaba los pies y le pasaba un trapito a los zapatos de todos nosotros, decía que al aula se debía entrar impecablemente limpios.

Nos enseñó a compartir la merienda, a querer a la auxiliar de limpieza de la escuela como si fuera otra madre, y a apreciar los pequeños detalles, esos que a veces pasan inadvertidos pero que pueden embellecer la vida.

De forma magistral atendía su aula multígrado, donde diferenciaba tareas, fortalecía valores, nos enseñaba que el amor a la familia era lo principal,  y donde usaba juegos de participación para acelerar el aprendizaje, de una forma tan creativa que adorábamos ir todos los días aunque lloviera o hiciera frío.

Aquella escuelita tan distante de los ruidos de la ciudad, tan diminuta, tan perdida en el campo, para nosotros era grande, porque el maestro decía que llevaba el nombre de Abel Santamaría y  debíamos honrarlo cada día con un buen comportamiento.

Han pasado muchos años y el maestro Roberto sigue siendo cálido, amable, sabio. Se me ilumina el rostro cuando viene a Pinar del Río y pasa por mi trabajo a saludar, a decirme que sigue pendiente de mi labor y a preguntarme por mi hija que también fue alumna suya. Lo que más me enorgullece es que hace lo mismo con otros, porque tiene tanto amor en ese pecho que se le desborda y da para todos.

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