Los cuentos de Migdalia

Por una de esas casualidades de la vida conocí por vía telefónica a Migdalia Deulofeu, una señora que aunque ha pasado toda su vida en La Habana conserva sus raíces pinareñas y no soporta los cuentos burlescos y despectivos conque nos intentan humillar en ocasiones.

Maestra con 32 años de experiencia, tiene la suficiente experiencia en materia educativa, una voz llena de matices y una fuerza interna que no permite derrrumbes, ni lágrimas, ni pesimismos.

Primero comenzó con trastornos del sueño, después dificultades para tragar en algunas ocasiones y un temblor en las manos. Aunque no quería dar crédito a sus pensamientos ya imaginaba que el parkinson la estaba afectando. Vinieron sucesivas visitas al médico, tratamientos, stress, y la creciente rigidez en piernas y manos.

Para Migdalia siempre tan activa, acostumbrada a andar de excursiones con sus alumnos, a hacer una fiesta por cualquier motivo y a  realizar las tareas de la casa, no le fue fácil adaptarse a las limitaciones que iban apareciendo cada amanecer.

Su almohada recibió muchas lágrimas, no quería mostrar el desespero a su hija, pero la angustia crecía inevitablemente hasta que tuvo que recurrir a un andador para trasladarse lentamente por la casa e  ir algún día a la bodega o a la casa de la amiga cercana.

Me contó que un día dijo:  “esta enfermedad no me va a vencer, ya no podré caminar rápido, me temblará todo el cuerpo pero mi cerebro está intacto, voy a escribir los cuentos que siempre quise hacer sobre mi natal Pinar del Río, voy a contar la experiencia de rodar cuesta abajo en una loma con una yagua, voy a vivir una nueva vida a través de la magia de escribir”.

Y así lo hizo, sin perder la calma  escribe cuartillas a diario, cuenta del trino de los pajaros en el campo, de todo lo que la impresionaba en su estancia en Sandiego de los Baños, y sus días cobran una nueva intensidad. No teme ya a sus 71 años, a su parkinson que avanza; ahora su familia y su computadora son sus  mayores tesoros porque le permiten que vuele su espíritu sin límites.

Acá dejo sus cuentos, esos pedazos de vida que Migdalia crea en la quietud de su hogar.

Cimarrón en el llano.
El sólo conocía de mayitos, totíes y cotorras. ¡Ah!, y de amapolas, que tanto gustaban a mamita para Los Dioses de la Otra Orilla. Lo separaron del taita, cuando la revuelta contra el mayoral, allá por Oriente. Dicen ellos que el mandinga  no soportó el boca bajo, era noticia que se repetía en el lomerío.

-No lo creía, su taíta estaba juío.

-A él lo trajeron para ayudar con las vacas.                                                                                        La luna se descolgaba  del aguacate, desde el portón de la barraca, se veía…

Amo y mayoral conversaban en el cobertizo.-Juvencio, las obras de ferrocarril ya vienen por Calabazar y la yerba por esa zona tapa un hombre, hay que aprovecharla, mañana bien temprano te llevas a Símón y le lees la cartilla, no podemos perder ni una vaca.-¿ Usted tiene confianza en el hijo del  cimarón? Para dónde va  a coger, Juvencio? ¡Pues, pa  las cuevas!-¿Y los perros, para qué están? –Con el totí totí, salieron en busca de buen pasto, con la advertencia de que regresara antes del anochecer. Simón dejó pastar las vacas más allá de la línea férrea,  tapada casi por la hierba y que pasaba cercana a la casa de vivienda. El sol se escondía ya detrás de la loma y Simón venía entre las vacas, azuzándolas con una vara de cañabrava.-¡Caían rayos, se abría la tierra! Simón corrió, corrió. Venía detrás de él. -Poblecita  la vaca,  a mí no me cogen,  enque me echen lo perro-¡Se corrió, se corrió!… va pa la casa le amo! Poblecito, se queda sin casa-¡Qué duelma  le monte!- En el batey, se armó. El retoño de mandinga, se escapó con vacas y  todo. ¡Se lo dije!- Con el chillido de la lechuza el mayoral  y una partida de perros salió en busca del cimarrón. Lo bajaron del algarrobo y maniatado lo trajeron ante Don Pedro:

-¿Simón. -Qué hacías de noche subido en una mata?-¿ Dónde están las vacas ,Simón? …-¡Ay, mi amo!-¡Cayeron rayos, se abrió la tierra ¡Pol aquí paso una cosa, suelte que  pasó al lalgo ,si pasa a lo atlavesao se acaba le mundo!-¿pol aquí no pasó? La risa del mayoral y del amo, opacaban las quejas del cimarrón-¡poblecita, la vaca, mi amo!-¡Al barracón!

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El pinareño  que conocí…

Nació cerca de la finca La Caoba, entre bajíos y lomas, por la vuelta de San Diego de los Baños. Pinar del Río.

-¡Ese no se logra!-Decían  sus mayores. Desoyendo pronósticos, creció fuerte  y generoso, pero con un genio de mil demonios, aunque bendijese  a Dios, hasta cuando sus quejas eran provocadas por la picada del alacrán, escondido en su bota. Tierno, apasionado, capaz de lanzar rayos con los ojos, cuando la ira lo acogía por sorpresa, pero dispuesto a olvidar el agravio al doblar la primera curva. Guardar rencores no era su caudal. El pinareño se hizo carpintero, tocaba piano y guitarra apoyado en su agudo oído musical.  Cantaba el cielito lindo de la ranchera, para callar la modorra o la estreches de circulante que le hiciera estar inactivo. Cuando la inminente amenaza del huracán que sacudió varias provincias de la Isla, en su patio, un cocotero inclinaba la cerviz. Se había quedado sin hojas por una descarga eléctrica, tenía dos pisos de altura sobradamente. Si caía sobre los techados, adiós Lola.

-¡Hay que cortarlo!-

El pinareño amarró una soga a su cintura, dio con ella, dos vueltas  alrededor de la planta, la punta anudada en la  escalera. Subió y comenzó a cortar en trozos de un metro de largo.  No alcanzaban los brazos de hombre para rodear su diámetro. Por ese entonces los vecinos apodaron Floro, al carpintero, merecía llamarse así, estaba haciendo estragos, comparables al huracán Flora por el oriente del país. Más de una apuesta hubo: a que no podía con el árbol.

Sí pudo. Con un cerrote, que usualmente se manipula entre dos, enfrentó persistente su faena, hasta poner a ras de tierra, aquel súper-tronco, medio seco, que representaba un peligro para la carpintería y las edificaciones aledañas.

La luna hundía su rostro en la charca, al final de la callejuela,  Todos dormían menos el pinareño…

¿Qué pasaba afuera? Había gente batallando. Un auto atascado entre agua y fango.

Salió a la verja con dos maderos –Denme  una palanca y moveré el mundo… colocó uno debajo de la defensa del carro, con el otro, buscó apoyo, hasta introducirlo haciendo cuña, allí estaba la palanca de Arquímedes, el físico de Siracusa, antigua ciudad  siciliana.

-¡Vayan a joder a otra parte y déjenme dormir!-. En un santiamén había sacado el vehiculo del atolladero. Ya cargaba cuando eso, años de vejez. No era infalible…

Después de una noche de jolgorio, en el batey de Corralito, en Pinar, salimos para la Habana, con sueño. El auto era de tres asientos, solo la madre venía atenta.

-San Cristobalón, pasaste el puente de hierro ¡Te vas a dormir!

-¡Fue solo un pestañazo!

Entramos dando tumbos a un corte de arroz amarilleando. Brincos, dimos; no pasó más, pero aprendió…

Hay sueño, a dormir, ese no se lleva con el timón.

Por aquel tiempo, el arroz importado escaseaba, los planes de arroceras por las sabanas del Sur de la provincia, nos dieron arroz de la tierra abundante. Con los árboles que tumbaban las tormentas, hizo el carpintero pilones de madera para descascarar el arroz.

De hierros viejos, construyó un torno para trabajar la  madera, Los troncos del  mango caído se convertían en símbolos afrocubanos.  De sus manos salían pilones y bateas para Changó, dios de relámpagos y truenos, la Santa Bárbara cubana; para Agayu nacido del volcán, el tablero de Orula, que curaba los males, San Francisco de  Asís, en el cristianismo. Fusión de culturas en la óptica del artista.

Decía el carpintero: -¡Mientras haya blanco bobo, hay brujo! ¡Yo vivo de ellos!

Su optimismo y alegría le granjeaban amigos de todas las edades. Se zampaba kilómetros en competencia de ciclos, con jóvenes de la localidad de Arroyo Arenas; la meta, el poblado de Artemisa. La victoria, una cena: macho, tostones y cerveza.

Con el tiempo y un brinquito, como dicen los guajiros, hizo el molino eléctrico; era dantesco ver en una nube de polvo de arroz, hombre y  telarañas.

El pinareño estaba cerca de los ochenta y ocho. Desde el amanecer se sentían llegar los tractores o carros con caballos. Pelaba el grano a los pequeños agricultores, y hasta libraba de gusanos el arroz de los comedores obreros y hospitales, al pasarlo y repasarlo por las cuchillas de acero. Cobraba en especie, hacía canjes por leche, frutas y viandas. Criaba cerdos con la cabecilla y la cáscara. Negocio redondo… en los fogones del molinero, nunca faltó la olla dispuesta y un cubierto en la mesa, para el comensal oportuno:

-¡Llegar a tiempo es mejor que ser convidado! ¡Siéntese!-

Entre sus últimas hazañas estuvo sacar los raíles de la línea del ferrocarril de Guanajay, desactivada ya. Él solo, con una herramienta llamada: la señorita.

¡Vaya poder de la jovencita!

¡Qué espíritu el del pinareño!

Libró de la mole de hierro el terreno y preparó el suelo para la siembra.

Dejó una herencia muy original: Una casa que es un yunque, la nave de la carpintería con clavos que no hay quien saque. Plantones de manzanos, con racimos de 300 plátanos, aún se cosechan. La zanja para el desagüe en  severas inundaciones, todavía, la más segura solución.

Mil recuerdos: el amanecer, después del casorio, bajo la cobija nueva de guano, con la novia, y la sonrisa de muchos dientes:– ¡No te levantes, Paquita! Descansa; voy a matar una gallina  para el almuerzo…

Sonidos similares devuelven el acompasado golpe de su  martillo, el hacha rajando leña… el silbido de la sierra… el ruidoso molino… su voz imperativa…

El novio que dibujó la cenefa de flores azules en la tabla de palma del bohío,él del cuadro de las nupcias, se fue poco después de sus Bodas de Oro.

El cinco de agosto del año once, en este milenio, el pinareño que conocí… entre amigos y guitarras, haría su fiesta de centenario…

Agradecimientos para Drake Julio César, Licenciado de la Facultad de Física de la Universidad  de  la Habana, por corroborar el hecho científico de la palanca.A José Antonio del Centro Cultural Oricha. Guanabacoa.
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Caminata nocturna

Despertó sobresaltada. Era el hijo: –Mami, Paquita está en la unidad.

No te asustes, dicen que está bien…Voy a traerla.

¿Dónde? eso no es posible. Ella está en su cuarto; yo la acosté, la arropé… Esa tiene que ser otra persona…

–Sí, Ma, ya sé. La acostaste… y la cerraste con cuatro llaves…

Fueron a la habitación, en su cama, no estaba, ni en el baño, no había dudas…  se puso los zapatos, salió. La nuera había sentido unos golpes, era como a la una de la madrugada, los perros se comían la esquina del portal.

Desde la casa se veía la farola de la calle y la verja de par en par. Pensar que anduvo por el jardín a oscuras, forzó  el candado, y entre el ladrar amenazante, salió. Cuántos tropezones daría, con tanto bache que hay en la acera.

–Yo llamé, llamé, no me respondían, me metí en aquel monte, abrí huecos, partí gajos, estaba perdida. Más adelante había casas iluminadas, pero nadie me escuchaba, ni me saludaban como antes. Ya no me conocían. ¿Sería que ya no estaba en el mundo de los vivos? ¿Dónde estará Nenita? Era la mayor de mis diez hermanos, el apoyo de la familia. Por poco se queda a vestir santos, se casó a los cincuenta con su primer novio, no había tiempo para hijos propios, y no fue muy feliz, el matrimonio le duró lo que un merengue en el portón de un colegio. Peleaba mucho: a los hombres no les gusta eso.

¿Usted, recuerda a sus hermanos? Yo sí ¡Ay! Sabá, con diecinueve años, y el tifus; cuando aquello no escapaba uno. Dijeron que yo no lo quería, porque no lo lloré, no pude. Eso me dolía, me duele. La Cari, tan dulce, la pobre, de  lindas caderas, pero bizca. Marcelo, era el mejor de todos, un caballero. Lorenzo, el más serio, ¿o el más zorro? Luis, letrado infeliz, con aquella china de Cantón perdió a todas. Flavia, qué flor de mujer, su compañera: la soledad. De la mano de su Silvia, Lio: un príncipe… Su risa burlona, tan parecida a la mía… Yo sí tuve bodas de oro, y dos hijas. Tengo tres nietos, cinco biznietos y un tataranieto llegando. No me gustan las celebraciones, pero mi biznieta, la embarazada, me picó un cake por mis noventa y cuatro años. y sigo enamorada de mi novio, como el primer día.

Ellos, los de la policía, me preguntaron nombre, apellidos y a dónde iba. Se lo dije: soy hija de catalanes, y cubana, Martí  es mi segundo apellido, sin acento. Voy para San Diego en busca de alivio para los huesos. Las aguas de azufre son milagrosas, todos los años iba… Por qué no habría de ir ahora…

–Abuela, ¿pero sola? ¿Y a esta hora?

–No, voy con mi hija, llámala, estoy cansada… San Diego, allí nací, entre caobas.

En la falda de sus lomas he tenido también hijos y hermanos de corazón. En el hogar de los Cruz. La casa azul que en las tormentas  toca las nubes. Los vitrales de sus ventanas resisten rayos. Como dicen turistas… hotel de cinco estrellas: abrigo y confort. Alimento del alma y el cuerpo.  ¡Oye,  mi hija no llega…tengo sueño …¿Tú conociste a Nenita? Tremenda costurera…

Había regresado del brazo del nieto, agotada, temblorosa, eran ya las tres de la mañana, durmió el día. Por la tarde recordó:

¡Ay! Cómo sufrí, me perdí, abrí huecos, rompí un candado con las manos, y me perdí más. Nadie me oía…

–Abuela, ¿está bien lo que hiciste?

–Bien mal, yo creía que no los volvía a ver… Dime, ¿tú sabes dónde está Nenita?

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Insólito.

Al inicio del verano, vacaciones en Cartagena. Cuando la crecida del Damugí llegó a la altura de los árboles; esperamos tres días a que bajaran las aguas.

Sentado sobre una piedra miraba el cauce, vertiginoso. Arrastraba peces ahogados y plantas de más arriba, mezcladas con el lodo. Un torbellino: sombreros de guano, ropas, tablas y animales muertos –corrompidos ya por las largas horas dentro del agua- eran empujados por la corriente río abajo. Miraba con asombro aquel entorno casi fantástico. Deambulé por la ribera pantanosa entre bejucos y almácigos con el agua a la cintura. A ambos lados del cauce las plantas de jia mostraban su ramajes espinosos evidencian raíces profundas capaces de soportar altas crecidas y servir de barrera a contra la erosión. Su color verde claro  hace que este arbusto se destaque entre el verde de los bejucos y los juncos que se adentran en las aguas. Sujeto a un tronco salté de rama en rama y seguí el descenso. Buscaba una posición favorable para tirar mi carnada. Siempre había sido un pescador furtivo. Tiré cara o cruz y decidió que algún pez picaría

–a río revuelto…

Si no era un robalo me conformaría con un sábalo, sorprendido en la visita por las lluvias y el desove. Si tropezaba con su anzuelo no regresaría al mar. Ensimismado se enrede en la bejuquera, las espinas de la jia me  lastimaron los brazos y piernas, me colgué de las ramas y logre sacar los pies, junto a ellos emergió el panal de avispa con toda su población muerta. Era una bola negra y verde. De cada individuo nacía un retoño; una nueva planta de Jía. El tamaño del panal de las avispas era similar al del comején en la copa del aguacate. Este era un fenómeno insólito: un panal de avispas parir más de un centenar de plantas de Jía. Era curioso pensar: cómo se engendraban, cómo se fijarían en la tierra y como sería su crecimiento para hacerse adultas. La pesca perdió el interés. Con el hallazgo a cuestas salí en busca del viejo campesino, lo encontré pelando yucas para los cerdos. Abrí mi  ensarte ante el experimentado pescador.

– Oiga Felipe, mire esto: son matas de Jía. Fíjese por donde nacieron, es por el agujón, ¿no? Es un parto de avispas muertas. Los retoños son matas de Jía. ¿Había visto Ud. un fenómeno así?

-Sí, sí, por acá eso es frecuente- ante mi sorpresa, su sonrisa fue la respuesta- son decires, amigo, la Jía nace de las avispas, esa es la leyenda, compay.

Los especialistas del museo nacional de historia natural, se suman al coro:

Tony-son decires de los campesinos –

Giraldo Alayon afirma: La Jia nace de semillas, puede coincidir que estas llegue al panal de avispas muertas, por cualquier motivo: el viento o las aves, y el panal le sirva de sustrato. En ocasiones la  avispa suele  hacer  sus nidos en las ramas de la jia, un hongo ataca a las avispas y a sus larvas, es evidente que el nacimiento de la jia  en el panal de avispas es casual. Poey naturalista cubano del siglo XIX alegaba que la jia de  la avispa era un equívoco.

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Destete

Destete I

Un pegajoso ritmo popular. Los piececitos regordetes se movían a su compás, mientras daba largos tragos del néctar. En brazos del sueño, entre el jadeo de los ahítos, los piececitos iban quedando en reposo y sus labios soltaban poco a poco la presa,  hasta el nuevo reclamo. Ya tenía dos años. Llegaba la hora del destete.

Las súper- abuelas creen saberlo todo. Cada una tenía planes. El primer acto lo asumió la abuela paterna, su estrategia: un paseo al  parque, frente a la casa de la tía Vivian, en el Vedado, a doce kilómetros de los cantaritos de gloria. Un día de juegos, caramelos, dulces, refrescos, risas…Y, el rubio chicuelo dormía ya, plácidamente, No eran más de las diez .Reparado  el cansancio, los labios buscaron…

El llanto inconsolable se escuchó en el parque, interrumpía la paz.-¿dónde estaba su tetita? Nunca se había demorado tanto en hallarla- ¿Qué se creía esta abuela? No sería tan fácil cambiársela.  El llanto acompañaba su reclamo-¡Mi tetita!-¡Mi tetita!-

-¿Y ahora qué hago? –Mira nene, duerme, está muy oscuro, mañana, cuando salga el sol, abuela te lleva….El reclamo era más intenso a cada instante, se volvió exigencia

-¡Mi tetita…Mi tetita…Mi tetita!-¡Qué perreta, a media noche…y en el Vedado! Había que aceptar la derrota y salir en busca de los cantaros, que a esta hora, seguro, se desbordaban…

Destete II
El auditorio se multiplicó en el segundo acto. La tía Onelia, la prima Yami, la súper- abuela materna, Dulce, y hasta la bisabuela Mima, eran cómplices.                               Un recurso: sábila. Una idea: la tetita tiene caca.

El biberón con leche de vaca,  sustituto de la leche materna el artefacto idóneo. Ale tenía dos años, pero no entendía.

-La tetita… caca…? La limpiaba  y acariciaba con sus manitas.
– La tetita mía no tiene caca
-Ale lloró toda la noche.
Nadie durmió en el destete.

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2 respuestas a “Los cuentos de Migdalia

  1. Mi nombre es Lia Camilo; Soy Alumna de Migdalia, por una de las casualidades de la vida, he dado con tu blog. Estoy ahora en el extranjero, y sin medios para comuniocarme con migdalia… tendrás un mail, un teléfono, algo?
    Gracias

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